Encapsulamiento de multitudes: riesgos, prevención y decisión operativa
El artículo analiza el encapsulamiento de multitudes desde una perspectiva preventiva y operativa, partiendo de que una concentración no es estática y que su nivel de riesgo puede cambiar rápidamente según la densidad, la movilidad, el espacio disponible, los obstáculos y la evolución del comportamiento colectivo.
Se destacan tres elementos esenciales: leer la evolución de la multitud, proteger al policía que interviene y decidir a tiempo. Se examinan riesgos como compresión, caídas, atrapamientos, bloqueo de salidas, dificultades de acceso sanitario y pérdida de movilidad, junto con los efectos que la fatiga, el estrés operacional y la carga psicológica pueden producir sobre los intervinientes.
Los acontecimientos recientes de Ceuta, los días 13 y 18 de septiembre de 2026, se incorporan como ejemplos de escenarios en los que el desplazamiento de grandes grupos puede generar riesgos tanto para las personas trasladadas como para los agentes encargados de gestionar el dispositivo. El artículo subraya además que la presión psicológica puede verse incrementada por la exposición a comentarios despectivos sobre la actuación policial.
Finalmente, se plantea que el encapsulamiento no debe entenderse como una configuración rígida, sino como un dispositivo que debe mantenerse, modificarse o levantarse en función de la evolución de las condiciones. La planificación de salidas, corredores sanitarios, comunicación, reserva operativa y vías de retirada constituye una parte esencial de la prevención
Encapsulamiento de multitudes: riesgos, prevención y decisión operativa
Por: Alejandro López Calviño
Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. Cuerpo de la Policía Local de A Coruña. 0009-0004-3781-9930
En determinadas intervenciones policiales, mantener una concentración de personas dentro de un espacio delimitado puede ser necesario para ordenar el entorno y facilitar la actuación. El encapsulamiento permite establecer un perímetro de control, pero su establecimiento no debería considerarse el final de la decisión operativa. A partir de ese momento comienza una tarea igualmente importante: comprobar que las condiciones existentes siguen siendo compatibles con la seguridad de las personas y de los policías que intervienen.
Una multitud no permanece estática. Puede aumentar su densidad, cambiar de dirección, concentrarse en determinados puntos o perder progresivamente capacidad de movimiento. Estos cambios pueden producirse incluso cuando no existe una conducta violenta. Una concentración pacífica también puede convertirse en un escenario de riesgo cuando disminuye el espacio disponible y las personas dejan de disponer de libertad suficiente para desplazarse, detenerse o abandonar el lugar.
Por eso, el análisis no debe limitarse al número de personas. Es necesario observar cómo están distribuidas, cómo se mueven, qué obstáculos encuentran y qué posibilidades reales tienen para salir o redistribuirse.
Cuando el espacio empieza a condicionar el movimiento
La densidad constituye uno de los principales factores que deben observarse. Cuando existe suficiente separación entre las personas, cada individuo puede decidir con relativa libertad hacia dónde desplazarse. A medida que esa separación disminuye, los movimientos empiezan a depender de quienes se encuentran alrededor. En concentraciones muy compactas, incluso una acción aparentemente sencilla, como cambiar de dirección o abandonar una zona, puede resultar difícil.
Esta pérdida de movilidad tiene especial importancia porque puede aparecer antes de que exista una emergencia visible. Los empujes involuntarios, la dificultad para caminar, las personas que dejan de poder cambiar de dirección o la acumulación progresiva en determinados puntos son señales que permiten advertir que las condiciones están cambiando.
La densidad, además, no tiene por qué ser uniforme. Puede existir espacio suficiente en una parte del recinto mientras otra acumula una presión considerable. Una esquina, una puerta, una valla o un vehículo pueden modificar por completo la circulación de la masa.
Infografía 1. Leer la multitud para decidir a tiempo
La primera infografía ofrece una visión general de esta evolución. Parte de una idea básica: a medida que aumenta la densidad, disminuye la libertad de movimiento individual y aumenta la influencia del movimiento colectivo.
Junto a esta progresión aparecen los principales riesgos asociados al encapsulamiento: compresión, caídas, bloqueo de salidas, dificultades de acceso sanitario y pérdida de movilidad. La representación permite comprender que una concentración no tiene que alcanzar una situación extrema para requerir atención. El deterioro suele comenzar antes y puede detectarse mediante señales que el personal interviniente tiene la posibilidad de observar.
La pieza incorpora también criterios relacionados con la densidad, la movilidad, las vías de salida, el acceso sanitario, los puntos de presión, el tiempo de permanencia y la necesidad operativa. No pretende establecer respuestas automáticas, sino facilitar una valoración ordenada del escenario.
La cuestión fundamental es comprobar continuamente si el dispositivo sigue funcionando como estaba previsto o si alguno de esos factores obliga a introducir cambios.
El policía no está fuera del problema
La valoración del riesgo no puede quedarse en la multitud. Los policías que intervienen están físicamente integrados en el mismo escenario y deben mantener su capacidad de actuación mientras afrontan unas condiciones que también pueden afectarles directamente. Empujes, caídas, golpes contra estructuras, atrapamientos, lanzamiento de objetos, exposición a agentes irritantes, condiciones meteorológicas adversas y fatiga pueden aparecer durante una misma intervención. La autoprotección y la cohesión del equipo son, por tanto, elementos esenciales de la seguridad del dispositivo.
Lo ocurrido este 18 de septiembre de 2026 en Ceuta, durante el traslado de personas asentadas en las playas de Benítez y El Trampolín hacia el dispositivo temporal instalado en el puerto, permite visualizar esta exposición de forma especialmente clara. El operativo contó con unos 170 agentes de la Policía Nacional, entre ellos integrantes de la UIP y personal de distintas unidades, y unos 70 agentes del GRS, además de efectivos de la USECIC. Según la agencia EFE, el dispositivo comenzó a primera hora y tuvo algunos momentos de tensión durante la concentración y el desplazamiento.
Las informaciones publicadas durante la jornada describieron una fase inicial de movimiento masivo hacia el puerto, seguida de la reorganización de las personas en grupos para realizar el traslado a pie. También, y en diferente medios, se informó de momentos de tensión, intervenciones policiales y varios heridos.
Desde una perspectiva preventiva, el interés de este episodio no reside en determinar responsabilidades políticas ni en valorar las decisiones adoptadas, sino en observar cómo una concentración numerosa puede cambiar rápidamente de comportamiento y generar riesgos simultáneos para quienes son trasladados y para quienes tienen que organizar, contener o reconducir ese desplazamiento.
Para las personas trasladadas, una elevada concentración, los desplazamientos rápidos, las caídas y la dificultad para mantener un movimiento ordenado pueden favorecer golpes, atrapamientos o lesiones. Para los agentes, la misma dinámica añade otros factores: presión física de la multitud, desplazamientos imprevistos, necesidad de contener movimientos repentinos, riesgo de caídas o impactos y exigencia de intervenir sin perder la coordinación del dispositivo.
El episodio demuestra que el riesgo no pertenece exclusivamente a uno de los lados del perímetro. Surge de la interacción entre densidad, movimiento, espacio disponible, obstáculos, comportamiento colectivo, capacidad de respuesta y configuración del dispositivo.
Pero existe otra dimensión que merece atención: la carga psicológica y el estrés operacional. Una intervención prolongada en un ambiente de tensión exige mantener una atención constante, interpretar rápidamente lo que sucede, anticipar movimientos, comunicarse con los compañeros y tomar decisiones bajo incertidumbre. La percepción de amenaza, el cansancio y la sucesión de acontecimientos inesperados pueden incrementar todavía más esa exigencia.
Infografía 2. Proteger al policía que interviene
La segunda infografía concentra esta perspectiva en el propio actuante. Junto a los riesgos físicos aparecen la fatiga, la pérdida de movilidad o comunicación y la carga psicológica y el estrés operacional, factores que pueden condicionar la atención, la percepción del entorno y la capacidad de respuesta durante intervenciones prolongadas o especialmente exigentes.
Su planteamiento recuerda que proteger al policía no consiste únicamente en proporcionarle equipamiento. También significa procurar que pueda conservar durante la intervención las condiciones físicas y cognitivas necesarias para observar, comunicarse y actuar. La exposición continuada a la presión de la multitud, la incertidumbre, la necesidad de interpretar cambios constantes en el comportamiento colectivo y la toma de decisiones bajo tensión forman parte de esa carga operacional.
La experiencia de Ceuta permite añadir un elemento relevante: cuando una multitud pierde capacidad de movimiento ordenado, la seguridad del trasladado y la del interviniente pasan a formar parte de un mismo problema preventivo. La presión física, los movimientos inesperados y la necesidad de intervenir con rapidez afectan simultáneamente a ambos.
A esta presión se añade, en ocasiones, la deslegitimación social del propio trabajo policial. Tras el dispositivo desarrollado el 13 de septiembre de 2026 en Loma Colmenar, en Ceuta, se difundieron referencias al término «pastoreo» para describir el desplazamiento de personas realizado por los funcionarios. El traslado de 864 personas desde Loma Colmenar a las instalaciones de Los Rosales fue realizado a pie y, según las informaciones publicadas entonces, sin incidentes relevantes.
Más allá de la valoración que pueda hacerse sobre aquel dispositivo o sobre las decisiones adoptadas, convertir una intervención policial compleja en un calificativo despectivo simplifica una actividad que exige coordinación, autocontrol, atención sostenida y toma de decisiones bajo presión. La crítica a una actuación puede formar parte del debate público; la descalificación personal de quienes la ejecutan constituye una cuestión diferente.
Desde una perspectiva preventiva, esta cuestión resulta relevante porque la presión psicológica no procede exclusivamente de la situación operacional inmediata. La percepción de hostilidad, el cuestionamiento de la actuación profesional o la exposición a comentarios despectivos pueden constituir elementos adicionales de tensión, especialmente cuando se acumulan sobre jornadas prolongadas, fatiga y elevada demanda de atención. No se trata de convertir cualquier crítica en un riesgo laboral, sino de reconocer que la dimensión psicológica de determinadas intervenciones no termina en el contacto físico con la multitud.
Reconocer esta carga no implica cuestionar la preparación del policía. Significa asumir que determinados escenarios someten al profesional a una elevada demanda física y psicológica y que una sobrecarga sostenida puede afectar a la concentración, la percepción del riesgo, la comunicación, el autocontrol o la toma de decisiones.
La recuperación posterior adquiere aquí especial importancia. Una intervención exigente no termina necesariamente cuando finaliza la presencia policial en el lugar. La fatiga acumulada y la tensión experimentada pueden prolongarse después y deben formar parte de una política preventiva orientada al cuidado del personal. El descanso, la recuperación, la valoración de las situaciones especialmente exigentes y, cuando sea necesario, el acceso a apoyo profesional forman parte de una prevención que entiende al interviniente no solo como recurso operativo, sino también como persona expuesta a unas condiciones de trabajo determinadas.
Los puntos críticos del entorno
Una vez considerada la seguridad de quienes intervienen, resulta necesario volver al escenario para identificar aquellos elementos que pueden favorecer una acumulación o dificultar una respuesta.
Las esquinas, los accesos estrechos, los cambios de nivel, las vallas, los vehículos, las fachadas y los muros son algunos de los elementos que requieren especial atención. Una salida estrecha puede resultar perfectamente funcional con una concentración reducida y convertirse en un punto de acumulación cuando aumenta el número de personas.
Del mismo modo, una valla instalada para ordenar el espacio puede convertirse en una superficie contra la que se concentre presión. Los vehículos y otros obstáculos rígidos merecen una consideración similar. Una persona desplazada contra otra dispone de unas posibilidades diferentes a quien termina contra un muro, una estructura metálica o un vehículo. La configuración del entorno puede transformar un desplazamiento colectivo en una situación de atrapamiento.
Los cambios de nivel también pueden favorecer las caídas. Escaleras, rampas o desniveles requieren especial vigilancia cuando la movilidad comienza a reducirse, ya que una pérdida de equilibrio puede desencadenar nuevas caídas entre las personas situadas alrededor.
La identificación previa de estos lugares permite establecer prioridades de observación y anticipar dónde podría producirse una acumulación.
Del indicio a la decisión
Una de las cuestiones más importantes en la gestión de multitudes es evitar que la intervención preventiva llegue después del incidente. Para ello resulta necesario interpretar las señales que aparecen durante la evolución de la concentración.
Un aumento visible de la densidad, los movimientos involuntarios, la presión entre personas, una caída, las dificultades respiratorias o la acumulación en accesos y salidas son indicadores que deben valorarse dentro del conjunto de la situación.
No todos tienen el mismo significado ni exigen necesariamente una modificación inmediata. Una caída aislada, por ejemplo, puede resolverse sin alterar sustancialmente el dispositivo. Pero una caída acompañada de pérdida de movilidad, acumulación de personas y dificultad para acceder al afectado describe un escenario muy diferente.
Lo importante es valorar la combinación de factores y su evolución, no convertir un único indicador en una respuesta automática.
Infografía 3. De la observación a la decisión
La tercera infografía reúne precisamente estos dos planos: la lectura del entorno y la interpretación de las señales que ofrece la multitud.
El primer bloque sitúa el riesgo en el espacio físico: esquinas, accesos estrechos, cambios de nivel, vallas, vehículos, fachadas y otros elementos capaces de condicionar los desplazamientos. El segundo recoge señales tempranas que pueden advertir de un deterioro: aumento de la densidad, movimientos involuntarios, presión, caídas, dificultades respiratorias o acumulaciones junto a salidas.
La parte central establece una relación entre señal observada, valoración operativa y actuación preventiva. Si aumenta la densidad, puede ser necesario reevaluar el espacio; si disminuye la movilidad, redistribuir; si una salida deja de ser funcional, recuperarla; si aparece presión localizada, modificar la configuración.
Especial interés tiene la representación de la tendencia. Una situación que permanece estable no presenta las mismas características que otra cuyos indicadores empeoran progresivamente. La combinación de varios signos puede justificar una intervención preventiva aunque ninguno de ellos, considerado por separado, parezca suficiente.
La parte final muestra algunos elementos de una configuración orientada a facilitar la gestión: vías de salida operativas, corredor sanitario, espacio para la movilidad, perímetro adaptable y reserva operativa. No se propone una disposición única, sino una referencia visual de los principios que pueden contribuir a una intervención más segura.
La utilidad de esta pieza está en conectar dos momentos que en ocasiones se analizan por separado: observar y decidir. Entre ambos existe una valoración profesional que debe tener en cuenta las circunstancias concretas del escenario.
Mantener, modificar o levantar
Un encapsulamiento puede mantenerse cuando la concentración permanece estable, existe movilidad suficiente, las salidas siguen siendo utilizables y el personal conserva unas condiciones adecuadas para intervenir.
La situación cambia cuando aparecen signos de deterioro. El incremento sostenido de la densidad, la pérdida de movilidad, la acumulación junto a obstáculos, la aparición de puntos de presión o la dificultad para acceder a una persona afectada son razones para volver a valorar la configuración.
La respuesta puede consistir en ampliar el espacio, redistribuir el perímetro, abrir un corredor o facilitar la salida de una parte de la concentración. La decisión concreta dependerá de las circunstancias, pero existe un principio común: no esperar a que el problema alcance su máxima expresión para comenzar a corregirlo.
También debe contemplarse la reducción o el levantamiento del encapsulamiento. Si desaparece la necesidad que justificó su establecimiento y mantenerlo empieza a generar dificultades innecesarias, modificarlo constituye una decisión operativa coherente.
El dispositivo no debe convertirse en un objetivo por sí mismo. Su configuración tiene sentido mientras continúe cumpliendo la función para la que fue diseñada.
El acceso sanitario no puede ser secundario
Las emergencias médicas requieren una consideración específica. Una persona que necesita asistencia puede encontrarse en el centro de una concentración y resultar difícilmente accesible cuando la densidad es elevada.
Por esta razón, los corredores sanitarios y los procedimientos para acceder a una persona afectada deberían estar previstos desde la planificación. No basta con saber dónde se encuentra el recurso sanitario; también es necesario determinar cómo llegará hasta el lugar cuando las condiciones sean adversas.
Las caídas requieren una respuesta particularmente rápida. Cuando una persona permanece en el suelo dentro de una concentración densa, el problema no termina con localizarla. Hay que conseguir que el personal pueda acceder y generar espacio suficiente para intervenir.
La posibilidad de facilitar esa actuación constituye uno de los indicadores más útiles para valorar si la configuración sigue siendo adecuada.
La comunicación como elemento preventivo
La gestión de una multitud no depende únicamente de elementos físicos. La información también influye en la manera en que las personas se desplazan.
Cuando existe incertidumbre, una parte de la concentración puede reaccionar ante movimientos de quienes la rodean sin conocer realmente qué está sucediendo. Una instrucción clara puede facilitar una salida ordenada; una indicación contradictoria puede producir desplazamientos simultáneos en diferentes direcciones.
La comunicación interna entre los integrantes del dispositivo resulta igualmente importante. Una modificación del perímetro, la apertura de un corredor o la atención a una emergencia deben realizarse de manera coordinada para evitar que la solución de un problema genere otro.
Por ello, todos los componentes del dispositivo deberían conocer sus funciones, las vías de retirada, los corredores disponibles y las circunstancias que pueden justificar una modificación de la configuración.
Diseñar pensando en la evolución
La planificación previa debe contemplar aquello que puede cambiar durante la intervención. Un incremento repentino de participantes, un movimiento colectivo, una caída, una emergencia médica o la necesidad de evacuar una zona pueden modificar por completo las condiciones iniciales.
También conviene analizar qué ocurriría con el propio dispositivo si la multitud cambia de dirección. ¿Existe una vía de retirada? ¿Puede mantenerse la comunicación? ¿Hay espacio para reorganizar las unidades? ¿Puede atenderse una emergencia sin descuidar el resto del perímetro? Estas preguntas permiten detectar dificultades antes de encontrarlas en el terreno.
La existencia de una reserva operativa puede resultar especialmente útil. No se trata únicamente de contar con más efectivos, sino de conservar recursos disponibles para afrontar una circunstancia imprevista. Si todos los integrantes están comprometidos en una única función, cualquier modificación importante puede resultar más difícil de gestionar.
La misma lógica se aplica a los corredores sanitarios y a las vías de salida. Deben considerarse desde el principio y comprobar durante la intervención que continúan siendo funcionales.
Una conclusión operativa
El recorrido planteado a lo largo de estas tres perspectivas conduce a una idea esencial: comprender cómo evoluciona la multitud, proteger al interviniente y decidir a tiempo forman parte de una misma gestión preventiva.
Los acontecimientos de Ceuta de los días 13 y 18 de septiembre muestran, desde perspectivas diferentes, la importancia de esta lectura. El primer traslado, desde Loma Colmenar, se desarrolló sin incidentes relevantes según las informaciones publicadas. El segundo, desde las playas de Benítez y El Trampolín, presentó una dinámica mucho más compleja, con una concentración masiva, desplazamientos iniciales no ordenados y momentos de tensión que obligaron a reorganizar el dispositivo.
No corresponde a este artículo determinar si una decisión concreta fue acertada o equivocada. Su objeto es otro: analizar qué condiciones pueden convertir un desplazamiento colectivo en un escenario de riesgo y qué variables deben observarse para prevenir que ese riesgo alcance a las personas trasladadas y a los profesionales que intervienen.
El encapsulamiento es una herramienta de control, pero no una configuración inamovible. Cuando cambian las condiciones de seguridad, debe poder modificarse.
La protección del policía ocupa un lugar central en esa valoración. La presión física, la fatiga y la carga psicológica pueden afectar a su actuación y, con ello, al funcionamiento del conjunto.
Por eso, mantener el control también implica saber cuándo modificar el dispositivo y proteger a quienes tienen la responsabilidad de gestionarlo.
Referencias
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World Health Organization. (s. f.). Managing health risks during mass gatherings [Gestión de los riesgos para la salud durante las concentraciones multitudinarias]. Geneva: World Health Organization.
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